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17 dic 2016

"Somos gente honrada" de Alejandro Marzoa, 2013.

Sinopsis: 

Suso y Manuel son dos padres de familia y amigos de toda la vida, que no pasan por su mejor momento. Tras haber llegado a la cincuentena, se ven sin trabajo y sin dinero. Cuando la situación es prácticamente insostenible es cuando sucede el milagro: en un día de pesca, se encuentran un paquete con diez kilos de cocaína. Los dos amigos deciden comenzar a vender la droga para conseguir salir de la miseria que están viviendo. Pero el dilema moral no es su único problema: ¿Qué saben dos cincuentones de cocaína?

Director: Alejandro Marzoa
Reparto: Manuela Vellés, Unax Ugalde, Manuel Lozano, Paco Tous, Marisol Membrillo, Antonio Durán 'Morris', Sílvia Filipe, Miguel de Lira, Milo Taboada, Marcos Javier Fernández Eimil.



El cineasta Alejandro Marzoa da el salto de los cortometrajes ('Padre Modelo' y 'Cucharada') a la gran pantalla y debuta como director en el panorama cinematográfico español con su primer largometraje titulado 'Somos gente honrada'.

Somos gente honrada es una comedia con tintes dramáticos que sigue la situación en la que se encuentran Carlos y Miguel, dos padres de familia que se conocen prácticamente desde la infancia y comparten una fuerte amistad desde entonces. Ambos están pasando por una etapa bastante complicada, ya que a sus cincuenta años se encuentran sin trabajo y sin dinero, lo que obstaculiza enormemente el bienestar de sus familias. En el momento que parece que la situación ya no puede sostenerse ocurre un milagro: mientras los dos amigos disfrutan como pueden de un normal día de pesca, un paquete con diez kilos de cocaína cae en sus manos. Los protagonistas, asombrados por el giro que provoca este acontecimiento, deciden vender la droga para poder recaudar algo de dinero con la intención de salir, por fin, de la miseria que ambos están viviendo.

La controversia en torno a la venta de droga y las cuestiones éticas y morales no serán el único problema que esta pareja tendrá que enfrentar, ya que los dos cincuentones no tienen ni idea sobre tráfico de droga y tampoco conocimientos sobre las propiedades y características de la cocaína. El golpe de suerte se convertirá en un asunto difícil de manejar, que en vez de mejorar su situación puede llegar a empeorarla.

Un filme que explora la superación de los momentos difíciles de la vida utilizando un tono que combina drama y comedia. 

2 ene 2015

Los rebusqueros de la uva en Extremadura

 Juan Luis Díaz posa en la puerta de su negocio de compra de rebusco, localizado en Villafranca de los Barros. El hombre relata cómo el 7 de octubre se plantaron agentes de la Guardia Civil e inspectores de Sanidad en su puesto. Más de 10.000 kilos le requisaron para "tirarlos a los cochinos".
 Los rebusqueros cuentan que, con esta práctica, pueden sacarse entre 30 y 40 euros al día en las casi cuatro semanas que dura el rebusco de uva y a lo largo de los tres meses del de la aceituna.
 Juan Viera, portavoz de la Asociación de la Defensa de lo Público, que ha hecho bandera de este conflicto, insiste en que "no existe un problema sanitario, ni de robos". "El ataque al rebusco responde a las presiones de los grandes propietarios agrícolas, que quieren mano de obra barata”. El representante del colectivo detalla esta tesis: los dueños de las fincas impiden el rebusco; así que a los trabajadores, que podían sacarse hasta 40 euros diarios con dicha práctica, solo les queda aceptar el empleo que ofrecen los propietarios durante la época en que no se cosecha; y, como los patronos no tienen ahora que superar la cantidad anterior, pueden pagar salarios más bajos.
 El año pasado, según las estimaciones de Asaja, se recogieron de esta forma en la comarca 11 millones de kilos de uva de rebusco: "Cantidad que se puso en el mercado sin controles sanitarios, poniendo en riesgo a todo el sector. Porque si hay un problema después con el producto, todos los agricultores de la zona sufrirán las consecuencias", denuncia el colectivo.
Un grupo de rebuscadores, a principios de noviembre, recoge "escoria" de la uva en una finca de Almendralejo para mostrar a EL PAÍS cómo se están pudriendo los frutos que no pudieron recolectar. Estos jornaleros acopian los pequeños racimos, con apenas una decena de frutos, que desechan los propietarios.
Las uvas de rebusca recogidas por los jornaleros, en un viñedo cercano a la Carretera del Arroyo, en Almendralejo (Badajoz). 
 Juan Antonio Merino posa en la puerta de su chatarrería, en Almendralejo, donde también compra el rebusco de uva y aceituna. A principios de octubre, antes de que la Junta de Extremadura paralizara esta práctica, este hombre pagaba a siete céntimos el kilo de uva y lo revendía a nueve, según asegura.
 Aurelio y Floril, dos rebusqueros rumanos, detallan cómo tiraron a una parcela más de 1.000 kilos de uva que no pudieron vender al cerrar las autoridades los puestos. En la imagen, muestran parte de la mercancía que queda allí: "Gran parte se lo ha llevado la gente a casa para hacer mosto".
 Un grupo de rebusqueros de Almendralejo se reúne en El Ribereño, en el puesto de compra de "chatarra, metales, uva y aceituna" de Juan Antonio Merino, con camiseta negra de tirantes.
 Aurelio, un rebusquero de origen rumano, prueba los frutos de un racimo de uva. Pedro Naharro, alias 'El Rifa', con gorra roja, bromea con su compañero.
 "Cogemos solo lo que los dueños no quieren y ese dinero es un alivio cuando no cobras nada", argumenta un grupo de rebusqueros. "Es dinero que viene bien para lo básico, como pagar la luz", asevera 'El Rifa', el mayor de seis hermanos, que aprendió de su padre todo lo que sabe del campo.
 "Es una decisión política". Cuatro palabras le bastan a José Martínez, en la imagen, para resumir la parálisis del rebusco en Tierra de Barros. De 56 años y vecino de Villafranca, responsabiliza directamente a la Junta de Extremadura. “Como por ley no pueden impedirlo, han decidido atacar a los compradores”, repite sin tapujos el hombre, casado y con dos hijos, que con 10 años empezó a recolectar lo que los grandes propietarios desechaban. Igual que hubiera hecho ahora: “Pero ahora me quedo unos 20 días sin ingresos”.
 Una bodega de vino de Tierra de Barros. Estas compran a los intermediarios la uva de rebusco para, entre otros fines, producir vino. A una de ellas, Sanidad le inmovilizó más de 90.000 litros durante la operación desarrollada en octubre.

 Fotografías de Julián Rojas para El País.

Enfrentados por las sobras

El campo ha envejecido el rostro de Luis Cárdenas a un ritmo mayor del que marcan los 51 años de su carné. Su piel aparece tostada tras largas peonadas bajo el sol. "He comido gracias a la tierra", sentencia este buscavidas de la rural Villafranca (Badajoz), que recurrió siempre a la naturaleza para subsistir: ya sea de cazador furtivo, de pescador de río o de bracero. Este año planeaba volver a ejercer de rebusquero, como se llama en la comarca de Tierra de Barros a quienes recogen las uvas y aceitunas que se desechan en la cosecha, las que quedan en la planta y terminan pudriéndose; los restos que no quieren los dueños y que los rebusqueros venden por calderilla. Como venía haciendo Luis Cárdenas desde los ocho años. "Para seguir tirando".
Pero en esta región, donde los sembrados se pierden en el horizonte, el rebusco se ha frenado. Bajo el aplauso de muchos propietarios, la Junta de Extremadura ha paralizado esta centenaria práctica reservada históricamente, en la extensa España agrícola, a los más desfavorecidos, a los que se quedaban sin labor entre campaña y campaña. Solo en el municipio de Almendralejo, cerca de 1.000 familias no pueden ya recurrir al rebusco, según la Asociación de Defensa de lo Público, colectivo que exige que se reactive.
Una pelea de rebusqueros y propietarios que se reproduce en otras regiones de tradición agrícola. En Andalucía, por ejemplo, la Junta descarta regular esta práctica. Aunque allí se adoptaron otras medidas. La subdelegación del Gobierno de Córdoba rechazó este año autorizar de forma oficial la rebusca de la aceituna y la de Jaén retrasó el comienzo de la misma hasta que acabara la recolección en todas las fincas.
Estas iniciativas nacieron después de que el conflicto se recrudeciese en los últimos años, a raíz de una especie de profesionalización de la práctica. Las asociaciones agrícolas denuncian la entrada de nuevas personas que buscan el mayor beneficio sin mirar si causan destrozos. Hay grupos que recorren cientos de kilómetros de pueblo en pueblo para recoger los frutos desechados. Ya no son solo los lugareños los que rebuscan. "Quieren llevarse el mayor volumen de producto en el menor tiempo posible y algunos entran arrasando", relata David, vecino de Almendralejo y dueño de más de 100 hectáreas de vid y aceituna: "Yo me encontré a uno vareando un olivo con una barra de hierro. No queremos que se prohíba el rebusco, pero a eso tampoco hay derecho".
"Esto no es el rebusco de hace 20 años", añade Santiago Prieto, directivo de Asaja (Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores) en la comarca, que denuncia que el rebusco supone una competencia desleal. "Es una práctica ilegal paralela a la cosecha". En 2013 se recogieron así 11 millones de kilos de uva en la zona, según las estimaciones del colectivo, que exige una regulación.
Los rebusqueros de toda la vida se defienden. Pedro Naharro, alias El Rifa, tiene 63 años. Desde hace un mes echa en falta los entre 30 y 40 euros al día que solía ganar durante los cuatro meses que puede durar el rebusco de uva y aceituna. Ataviado con una gorra roja, chamarra oscura y vaqueros, se mueve a toda velocidad entre las cepas de la Carretera del Arroyo, en Almendralejo. En apenas unos segundos recoge un montoncito de uva para enseñar la "escoria" de la vid: pequeños racimos con apenas una decena de frutos que desechan los propietarios.
Habla deprisa este hombre, el mayor de seis hermanos, que aprendió de su padre lo que sabe del campo. Empezó en el rebusco con 12 años. "Es dinero que viene bien para lo básico, como pagar la luz", dice el jornalero, con seis hijos, 14 nietos y un biznieto.
La pelea por el rebusco se reproduce en toda la extensa España agrícola
"Nosotros cogemos solo lo que los dueños no quieren y ese dinero es un alivio cuando no cobras nada”, argumenta ante El Ribereño, de los hermanos Merino Aguilar, uno de los casi 15 puestos de la comarca que hasta hace casi dos meses adquirían esta mercancía y la revendían después a productores de vino, vinagre o alcohol.
Juan Antonio, propietario de este depósito en cuya fachada se lee "compra de chatarra, metales, uva y aceituna", cuenta que el 6 de octubre se hicieron con los primeros sacos de uva de rebusco. Pagó siete céntimos por kilo. Pero al día siguiente, dejó de comprar. Supo que agentes de la Guardia Civil e inspectores de Sanidad se habían plantado en instalaciones similares, les habían amenazado con sanciones por no llevar un control sanitario y habían requisado la mercancía. Más de 10.000 kilos le quitaron a Juan Luis Díaz, otro comprador de rebusco, para "tirarlos a los cochinos", resalta.
La crisis ha creado otro tipo de rebusquero: parados que se lanzan al campo. La pequeña empresa de limpieza y productos químicos de Pilar Rodríguez y su exmarido quebró en 2008. Encontraron entonces, en las sobras de la cosecha, un alivio para afrontar las dificultades. "Hemos vivido cinco años del rebusco", relata Pilar, de 45 años, en el salón de su casa.
Separada desde hace poco más de 12 meses, con el agua y la luz enganchada, y una orden de desahucio pendiente, esta madre tira a "duras penas" con los trabajillos de costura que le salen y la ayuda de los amigos. El año pasado ya no recurrió al rebusco: "Es una esclavitud y los compradores pagan cada vez menos. Antes daban 20 céntimos por kilo. Ahora siete". Este año, ni siquiera ha tenido la oportunidad de barajarlo.
Un intermediario relata que la Guardia Civil le requisó 10.000 kilos de uva "para tirar a los cochinos"
La Junta, en manos del PP desde 2011, intentó regular esta práctica alegal en 2013 con un borrador de decreto que quedó en nada al carecer de competencias. Ahora ha optado por elaborar un protocolo que "contemple toda actividad ilegal que existe en torno a este". Según los perjudicados, la decisión responde a presiones de las asociaciones que aglutinan a los propietarios agrícolas.
"Nadie se opone al rebusco, pero los intermediarios [los compradores de la mercancía] deben cumplir exigencias sanitarias y de facturación", recalca Jesús Barrios, director general de Agricultura de Extremadura. La Junta ha paralizado el mercado al acabar con la actividad de los intermediarios. A una bodega que compraba rebusco para hacer vino le inmovilizaron 90.000 litros.
Aurelio y Floril, dos rebusqueros rumanos, conducen despacio por las calles de Almendralejo. Dejan atrás las últimas viviendas y aparcan junto a la parcela donde tiraron los 1.000 kilos de uva que no pudieron vender al cerrar las autoridades los puestos. "Gran parte se lo ha llevado la gente a casa para hacer mosto". En ese lugar, aún quedan unos racimos de escoria en el suelo, unos 40 kilos, según dicen al llegar. Y ahí continúan. Pudriéndose.

Reportaje escrito por J. Jiménez Gálvez y publicado el 4 diciembre 2014 en El País.

http://politica.elpais.com/politica/2014/11/07/actualidad/1415390579_396954.html

23 ago 2012

'El último verano' un blog y proyecto de NOPHOTO

Tras los recortes anunciados por el Gobierno el pasado 11 de julio, NOPHOTO ha decidido documentar la evolución del verano más inhóspito y desalentador de nuestra historia reciente. Por si después de éste ya no hubiera otro. Por si desaparece de nuestras vidas el verano. Este blog narra por tanto un estado de inquietud. Sus contenidos son frágiles y discontinuos, asociados a la naturaleza precaria de los tiempos que vivimos. Pretende describir y rememorar las emociones de esa experiencia en vías de extinción que llamamos verano. 

Estas son las palabras con las cuales el colectivo de fotógrafos NOPHOTO inicia en el verano de 2012 la creación de un blog/diario donde mostrar mediante el binomio imagen-texto sus vivencias "el último verano". A continuación hemos seleccionado algunas de las fotos más rurales que van acompañadas de su texto completo y nombre del autor. 
Muchas gracias a NOPHOTO por realizar este trabajo desde la sinceridad tan necesario en los tiempos que corren. El proyecto estival abre muchas reflexiones sobre temas como: cambios de estilo de vida, la persistente y continua crisis, obsolescencia programada, el futuro de las nuevas generaciones entre cuestiones de ecología y kilómetros de carretera. Esperamos que os guste tanto como a nosotros. 
El mejor amigo de mi hijo en el pueblo se llama Oscar. A sus nueve años es la estrella futbolística local. Con la pelota en los pies tiene mil recursos para salir de situaciones comprometidas. Es impresionante asistir a sus maniobras, me he divertido más viéndole jugar que en cientos de partidos de primera división. A mí me recuerda los videos de Messi de pequeño que rondan por Youtube. Siempre bromeo con él que seré su representante cuando llegué al Real Madrid y estoy detrás de firmar con él un precontrato en una servilleta de bar.
Hoy los de Protección Civil de mi pueblo han organizado unas jornadas para que los niños limpien las orillas del río de basura. Intentan concienciarles sobre el medio ambiente y a los que participan les regalan una barra libre en los castillos hinchables. Antes les daban también un refresco pero este año la crisis ha matado el presupuesto. Durante la limpieza de las orillas yo estaba encargado de un grupo de diez niños entre los que estaba Oscar. Teníamos que hacer una batida en un tramo de río entre el Puente Romano y la Barranca. Un primo mío le ha preguntado a Oscar que porque quería ir a recoger la basura al río y él le ha contestado que porque te dejaban montar en las colchonetas. Mi primo le ha vuelto a preguntar que es lo que él haría si le dejaran montar en las colchonetas a cambio de que arrojase latas viejas al río y él ha contestado sin dudar: “Tiraría las latas al río”
A la casa de mi abuelo al otro lado del embalse sólo puedo ir una vez al año, porque cada rincón tiene una historia y el ruido producido por todas ellas me vuelven loco. Allí debajo de la higuera están congelados los veranos de mi infancia. Nada ha cambiado, todo está en la misma posición; como si las piedras, los hierros oxidados y las casas derrumbadas formaran las estanterías del museo de mi vida.
He paseado con mi padre por las fincas muertas en las que se instalaron mis antepasados hace más de cien años en busca de un territorio que colonizar. Posesiones que se dividieron en delirantes trozos de terrenos entre hermanos que tenían a su vez familias numerosas. Mi padre sabe reconocer las señales de las lindes de las parcelas de mi abuelo, cruces rascadas en el granito, comidas por el musgo. Mojones irreconocibles en el paisaje que me intenta transferir. Son terrenos con pendientes imposibles, lugares olvidados con decenas de casas inacabadas de aquellos primos que soñaron con volver a los orígenes, que se imaginaron un día regresando al reino del cardo y la víbora.
Sólo una cosa ha cambiado. Por la noche, bajo la higuera, ya no están las teas encendidas, un generador ilumina tres bombillas que dan al espacio un aire de verbena. He preguntado a mis tíos que contaran a mis hijos de nuevo como fue la nave espacial que vieron sobre las montañas. El relato ha sido idéntico. Luego hemos hablado de maquis, del mítico maquis Ángel y su figura recortada a contraluz levantando su metralleta al aire y de la noche que sonó una orquesta invisible por el valle. Historias que la higuera ha escuchado mil veces y que sólo deja que se cuenten debajo de ella.
Paco Gómez. 22 de agosto. Las Mazuzas, Ávila. La Higuera. 
En 2006 empecé a hacer y recoger fotos del sitio del que toda mi familia es originaria; un pueblo al que sus habitantes llaman “el lugar”, lo que me hizo aprender que el consabido “En un lugar de La Mancha…” no contiene ni la mitad del misterio que aparenta.
Hoy he repetido una imagen que hice al principio del proyecto y he pensado que debo de ser el único animal que tropieza dos veces con el mismo calamino en el mismo camino.
“Nada, sólo es pan.
Pan del día anterior.
Se parte en rodajas y se amuga en leche y azúcar.
Luego se rebozan con huevo y se fríen.
Y ya está.”
Erundina vive en Muros de Nalón, Asturias. Tiene 71 años, “72 para el mes que entra”. Es una cocinera maravillosa. Sus torrijas son capaces de curar todas las penas.
“El supuesto milagro no fue otra que un proceso de convergencia y unión monetaria con el resto de Europa, por el cual los tipos de interés quedaron por debajo de la inflación real y España se inundó de capital extranjero. Vendimos ladrillo, deuda y sol, lo cual equivale a plantar cizaña en el césped: las actividades especulativas desplazaron a las productivas. En realidad, sí hubo algo milagroso: que un mal encofrador ganara más que un buen médico. El gran problema de España es que carece de una economía realmente productiva y capaz de competir en el mundo, y por eso no crece, y por eso padece un desempleo endémico”.
Un tótem es un objeto, ser o animal sobrenatural que en las mitologías de algunas culturas se toma como emblema de la tribu o del individuo e incluye una gran diversidad de atributos y significados.
Mi padre dice que de pequeño no pasó hambre pero si necesidad. Cuenta que de niño, cuando se iba con las cabras al monte, se llevaba para todo el día un cacho de pan y un cacho de tocino “!Y cuando había tocino!”… acaba exclamando siempre.
Sus experiencias infantiles le han generado un miedo al hambre y desde que tengo conciencia en el pueblo tiene un huerto sobredimensionado que puede abastecer a diez familias. Según está la cosa con la maldita crisis, hoy más que nunca entiendo que mi padre es un visionario. Estos días sacamos calabacines y unos pepinos que están de llorar. Queda una semana para empezar a recoger los primeros tomates maduros. Este año mi padre se queja que en los tomates no han cuajado muchas flores. Le he preguntado que si cree que la crisis también tiene que ver en esto y me ha contestado “Pregúntale a Rajoy”.
Por mucho que observo el huerto, lo encuentro escrito en un lenguaje que desconozco. Mi padre no ha perdido la esperanza de que algún día yo lo cuide, aunque ya le veo que dedica más esfuerzos en transmitir sus enseñanzas a mi hijo que a mí mismo. El otro día me dijo señalándome dos pequeños surcos de tomates: “Cuando yo guiñe el ojo, con un trozo como este tenéis tomates de sobra para todos vosotros”.
¿Cuánto de agro y cuánto de cultura tiene la agricultura? Pues bien, hoy en día, más bien poco. Por no decir nada. A no ser que por agro entendamos la industria química, el mercado de patentes, el uso indiscriminado de combustibles fósiles, la contaminación de suelos y acuíferos, los monocultivos o el inquietante sabor del tomate; y por cultura entendamos la precarización de la comunidad agrícola, el dumping, la especulación con el precio del grano, las grandes cadenas de supermercados o las abrumadoras distancias que separan a consumidores y productores.
Aún así, y por extraño que parezca, todavía hay gente que, cueste lo que cueste, está empeñada en hacer que la agricultura cumpla lo que su propio nombre dice.

22 jul 2012

"La ‘omertà’ de Plasenzuela" un reportaje de Guillermo Abril para El País


La ‘omertà’ de Plasenzuela

Adrián González, ex alcalde de Plazenzuela. / CLAUDIO ÁLVAREZ
Una cabra oscura acaba de parir bajo techo. Tiene las ubres hinchadas, se desgañita, aún le queda otra cría dentro. Fuera de la nave, el sol cae como aceite hirviendo sobre esta colina amarillenta y cegadora de Extremadura. Para enfocar la vista hay que arrugar los ojos. El ganado cabecea contra el suelo de forma mecánica. Los rumiantes se asustan con la presencia humana, huyen a una esquina de su redil. Un cabritillo pardo como un grano de café baila entre las patas de su madre. “Nació ayer”, dice el cabrero señalándolo. El sombrero de paja ensombrece su rostro tosco, como el de un Tom Hanks crecido en el entorno de Monfragüe. Pequeños ojos azules, cara tostada y redonda, panza de buen comer. Lleva restos de alfalfa en la camiseta y un siete en el pantalón le deja un pedazo del muslo al aire. Este hombre de 47 años, Adrián González, con mujer y tres hijos, fue alcalde de Plasenzuela(Cáceres) hasta hace una semana. Se ve el municipio ahí abajo, encajonado entre dehesas pajizas. Muros blancos y tejas, poco más de 500 habitantes. Su deuda supera los cuatro millones de euros, según consta en los documentos oficiales del Ayuntamiento. Sale a unos 8.000 euros por cabeza.
“El pueblo está en bancarrota”, dice González, un cabrero exhausto. Dimitió porque no aguantaba más. “Tenía insomnio, demasiada presión, hasta tomaba pastillas”. La prensa regional asegura que es el primer alcalde de España que abandona voluntariamente el cargo por la crisis económica. Podría ser. En la Federación Española de Municipios y Provincias ni confirman ni desmienten el dato. En cualquier caso, eso no es “lo gordo”, en palabras de González.
"El 80% del pueblo se ha beneficiado de lo ocurrido", dice un socialista, cuñado del exregidor imputado
“Lo gordo” comenzó en 2008, cuando tomó posesión del cargo y se encontró unas cuentas públicas secas y arrugadas. Un agujero negro. En su primera semana como regidor denunció al anterior Gobierno local por su gestión fraudulenta. Rompió el silencio de un pueblo que llevaba una década inmerso en una burbuja tramposa. Comenzó una investigación judicial que suma más de 12 tomos. Y sigue creciendo. Se habla del mayor caso de corrupción de Extremadura. Hay unos seis millones de euros cuyo destino se ha volatilizado. Cuatro imputados por delito continuado contra la Seguridad Social, fraude en subvenciones, malversación de caudales públicos, prevaricación y fraude y exacciones ilegales. Ayudas europeas, estatales y autonómicas de las que no queda rastro. Proyectos que nunca existieron. Trabajadores que nunca trabajaron. Retenciones de salarios que jamás llegaron al Estado. Una biblioteca cerrada y sin luz por impago. Una piscina que el año pasado tuvo que enchufarse a un grupo electrógeno. Naves vacías de viejos proyectos con los que se intentó frenar la emigración del campo. Plasenzuela llegó a presumir de ser un municipio sin paro. De los pocos que aumentó la población en el medio rural. Aquello fue en los años ochenta y noventa. Hoy quedan montones de paja y abono a los que es mejor no acercarse para evitar las pulgas; esqueletos de edificios a las afueras del pueblo. El sueño del desarrollo rural en ruinas.
Ayuntamiento de Plasenzuela
Para mostrar la áspera ingeniería financiera del campo, Adrián González circula en tercera por una carretera de circunvalación. Se detiene frente a la báscula municipal abandonada. Aminora donde está la cooperativa textil que dio trabajo a las mujeres y llegó a vender prendas a El Corte Inglés; frena en la granja donde se criaron 14.000 gallinas ponedoras, y junto a una construcción vacía donde se formó a futuros instaladores de fibra óptica de Telefónica, entre ellos José Villegas, el exalcalde del PSOE y principal imputado del caso Plasenzuela. Un hombre cojo, del que la mayoría de vecinos dice no tener noticias, aunque acaben reconociendo, al poco, que saben por dónde anda. Con la pista del alguacil, acudimos en su busca a un pueblo cercano, Torrecilla de la Tiesa. Al parecer, suele andar por una residencia de ancianos que gestiona una empresa suya. Llegando a Torrecilla, llamamos a un vecino de Plasenzuela para asegurarnos del paradero. “Sí, Torrecilla, ahí es”. Llegamos a la residencia. Al preguntar por él, una mujer responde: “Acaba de irse. Hace diez minutos. Una reunión”.
González sigue su ruta por las ruinas. Detiene el coche al borde delpolideportivo, así llama a esta pista azul al aire libre, con el dibujo trenzado de varios juegos, y unos vestuarios a medio hacer. Ladrillo desnudo con grumos de cemento. Baloncesto, fútbol sala, balonmano. El anterior Gobierno local, el de Villegas, recibió una subvención de la Junta de Extremadura para levantarlo. Ese dinero nunca llegó a la empresa constructora. Abandonaron la obra. El plan de proveedores, en vigor desde mayo de este año, obligó a Plasenzuela a saldar la deuda, algo más de 100.000 euros, según González. Se pagó al constructor. Y de esta forma tan sencilla, se ha acabado abonando dos veces el mismo proyecto. Con el dinero de todos.
Centro cultural de Plasenzuela. /CLAUDIO ÁLVAREZ
Y la vida en el pueblo sigue. A las nueve de la noche, cuando la sombra cubre la plaza Mayor, se celebra el primer pleno del Ayuntamiento de la nueva alcaldesa, Paqui Iglesias, del PP. Sucede al dimitido Adrián González. Tercer regidor en cuatro años. Iglesias trabaja en la residencia para la tercera edad, el único gran proyecto de los años noventa que logró arraigar en el pueblo. Y el único ingreso municipal aparte del IBI y las tasas habituales. Sus 32 empleados (alcaldesa incluida) llevan tres meses sin cobrar. Varias semanas al borde de la huelga. Iglesias se muestra reacia a hacer declaraciones. Dice que su partido le ha prometido apoyo. Poco más. Solo un vecino asiste al pleno, en una sala oscura con gruesas cortinas rojas en las ventanas y paredes de gotelé color salmón. El sofoco hace correr churretones de sudor por la frente de los concejales. Uno se lo seca con el cuello de la camisa. Se vota al nuevo teniente de alcalde. Una comisión de información. Unas obras en la residencia. El secretario municipal, Leopoldo Barrantes, también imputado e hijo de un señor de igual nombre que ejerció idéntico cargo en Marbella, procesado en la Operación Malaya, lee el último punto del día: “Hay unas obras de la AEPSA [Acuerdo para el Empleo y la Protección Social Agrarios, un plan de ayudas para el medio rural]. Pero no podemos solicitarlas por los motivos que todos conocéis”. Se levanta la sesión. Total, 18 minutos.La pista azul funde las suelas de goma. Cuarenta grados. Es mediodía, no se ve un alma en el centro del pueblo. Ni una sombra. Ni el motor de un coche. Ventanas cerradas. Puertas cerradas. Las paredes encaladas brillan al sol como navajas. Los vecinos comienzan a revivir a media tarde. Sacan sillas a la calle, charlan en torno a un botellín de cerveza. Todos, o la mayoría, saben. Pero muy pocos hablan. Uno de ellos se pone metafórico. Hay dos carreteras en el pueblo, dice. Una lleva a Cáceres, la otra a Trujillo. Las dibuja sobre un papel, traza un círculo simbolizando Plasenzuela y dice: “Los tololos [gentilicio cariñoso] se pensaban que esto era un país cerrado. Que nadie de fuera se iba a enterar de lo que pasaba dentro”. Luego perfora el círculo con flechas, como si la localidad fuera un queso de Gruyère. Adrián González levantó la manta y la información comenzó a escurrirse por los agujeros, siguiendo el sentido de las carreteras: una juez de Trujillo dirige la investigación; la Unidad de Delincuencia Especializada de Cáceres va sumando folios al caso.
El municipio está en bancarrota. Van tres alcaldes en cuatro años. La deuda es de 8.000 euros por vecino
De esos motivos que todos conocen, pero la mayoría calla, se puede empezar a hablar poco después en El Labriego. El hotel rural del pueblo, con bar y terraza y muros de piedra. “Un toque de distinción”, en palabras de un cliente, propiedad del constructor al que se le adjudicaron la mayoría de obras durante los años en que gobernó el imputado José Villegas. El Labriego es famoso porque en él se hospedaron durante años los Grimaldi-Hannover cuando venían de cacería a una finca cercana, Las Golondrinas. Los chavales del pueblo se sacaban unos duros cercando las presas por ojeo y, por la noche, la realeza monegasca se escapaba a tomar vodkas a la única discoteca de Plasenzuela. “La caza era lo de menos, venían de juerga”, se comenta en la terraza. “Eran muy limpios y educados, jamás tiraban una colilla al suelo”. Como el resto de episodios, las estampas pertenecen al pasado esplendoroso de Palenzuela. La última visita de Carolina y compañía fue en 2006.
Hotel Rural El Labriego
Poco a poco va refrescando y comienzan a fluir las cervezas y las conversaciones. Un concejal socialista recién salido del pleno recuerda algún episodio de cuando venían los inspectores de Trabajo al pueblo y todos los que estaban dados de alta como empleados del Ayuntamiento acudían a la plaza a hacer cómo que trabajaban. “Todos somos culpables, el 80% del pueblo se ha beneficiado”, dice otro socialista, cuñado del imputado José Villegas. Un empresario venido a menos menciona que quizá fue demasiado llamativo lo del Audi del antiguo alcalde, sus tres chalés, las llamadas a su novia en Brasil con el teléfono del Ayuntamiento... La casualidad quiso que los acabara casando en Trujillo la misma juez que investiga sus tejemanejes. “En el fondo, ese hombre es un mochuelo, como le decimos aquí. No era consciente de lo que estaba haciendo”, dice el empresario. Y da un trago a su cerveza negra.
La factura del móvil municipal del mes de mayo de 2007 sumó 1.157 euros en llamadas internacionales. Fue lo primero que levantó la sospecha de Adrián González, o eso dice. El cabrero acababa de entrar en el Ayuntamiento como concejal socialista, en las filas de Villegas. Lo nombraron tesorero y teniente de alcalde. Comenzó a ver cosas raras, como la factura telefónica, aunque tampoco le dejaban husmear demasiado. En febrero del año siguiente, por intercalar otro momento llamativo, le preguntó al alcalde José Villegas cómo hacía para mantener a raya a la oposición. Villegas le respondió (según González): “Muy sencillo, di de alta al marido de la portavoz del PP”. Poco después, el ganadero se presentó ante los barones regionales del PSOE con documentos que apuntaban ciertos fraudes. Villegas fue separado del partido. Adrián González lo relevó en la alcaldía a finales de julio de 2008. A principios de agosto, sonó el timbre de su casa. Era un vecino del pueblo. Venía a preguntar cuándo le daba de alta en la Seguridad Social. “Como es usted el nuevo alcalde…”, le dijo. No fue el único. Una semana más tarde denunció ante la Fiscalía sin saber toda la mugre que podía emerger de un pueblo de 500 habitantes. Uno de esos días, se levantó de madrugada y acudió a la colina donde guarda sus cabras. Las llamas no habían alcanzado aún las pacas de alfalfa y pudo apagarlas.
El último regidor, pastor de profesión, denunció los hechos en la fiscalía. Apagó las llamas antes de que su granja ardiera
“¿Es gordo o no?”, pregunta González en la penumbra de su casa. Una parte del pueblo lo apoya, otra se le ha vuelto en contra. Sale lo mínimo. Sus hijos vuelven del colegio con preguntas incómodas. Por si acaso, él y su familia acuden al consultorio médico del pueblo de al lado. Sobre la mesa del comedor abre una carpeta con papeles y recortes de prensa. Documentos y cifras que ha ido guardando. En enero de 2010 el pueblo acumulaba una deuda de 2,9 millones de euros con la Seguridad Social, según un informe. “De 1997 a 2007 [todo el mandato de Villegas] no se pagó un duro”, dice el cabrero. Con esa cifra se puede hacer un cálculo rápido. Sale a unas 70 personas dadas de alta de media cada mes. No siempre eran los mismos, según la hipótesis de la investigación. A unos se les contrataba en junio, a otros en julio y así sucesivamente. Incluso hubo 50 magrebíes cotizando un tiempo, aunque nunca pisaron el pueblo. A muchos solo se les daba de alta unos días, los justos para acceder al subsidio agrario. Y, mientras tanto, el Ayuntamiento retenía la cotización a la Seguridad Social. Pero no lo ingresaba en las arcas públicas. Se esfumaba. Igual que las subvenciones y ayudas a proyectos que nunca existieron. Pero había trabajo. Una burbuja de pleno empleo. Todos contentos. Y en silencio.
El polideportivo fue pagado dos veces. En la primera ocasión, el dinero no llegó nunca a la empresa constructora
“Estas ocurren cuando llega un dinero sin haberlo sudado”, dice Damián Ceballos. Regenta el bar-discoteca donde se divertía la corte de Mónaco. Su padre fue el primer alcalde de la democracia, Juan Ceballos, el hombre que logró colocar al municipio en el mapa. Un socialista peleón. Respetado. Un espectro intachable cuya larga sombra pasea aún por los callejones. “Si te viera Juan Ceballos…”, dicen aún algunos. Con él llegó la canalización de aguas y los vecinos dejaron de hacer sus necesidades en la fuente. Viajó a Madrid y Bruselas reclamando ayudas para el campo. Impulsó la cooperativa textil, la granja de gallinas, la residencia de ancianos, la biblioteca construida en un viejo cuartel de la Guardia Civil. Ideó un modelo de desarrollo. Murió de leucemia en 1996. No había cumplido 50 años. Nunca tuvo sueldo de alcalde. Le sucedió José Villegas, su delfín. “Y de ser un pueblo modélico, todo quedó congelado. Pasamos de aprovechar hasta la cara B de los folios a las facturas de Brasil”. Damián muestra un reportaje de prensa sobre su padre. “Ha conseguido casi erradicar el paro de su pueblo”, se lee en un destacado. Aunque poco antes de morir, recuerda su hijo, Ceballos repetía como una premonición: “¿Hasta cuándo va a durar la anestesia de Europa?”.
José Villegas Ceballos, alcalde de Plasenzuela.Foto:ICARO PRESS
La anestesia. En este pueblo, uno tiene la sensación de recorrer una España a escala. El símbolo de algo que pudo ser y pinchó a medio camino. La fiebre del dinero barato. Las ayudas al desarrollo dilapidadas. La confusión entre lo público y lo privado, sea con un teléfono municipal o con viajes de ocio a Puerto Banús, como los deCarlos Dívar. La deuda se renegocia en Madrid y no en Bruselas. Y el alcalde viaja a la capital en autobús y se entrevista con “unos señores de traje” que hacen “cuentas en una calculadora”. Lo recuerda Adrián González junto a su ganado. Por el camino que linda con su parcela va un hombre con sombrero de paja. Sus pisadas levantan polvo como una interrogación en la tarde. Mira de reojo. No pierde detalle. Es un policía nacional al que trasladaron hace unos años a Cáceres. Se vino a vivir a Plasenzuela. La casualidad lo colocó al frente del caso. Como si fuera elsheriff, las cabras oscuras lo siguen desde el redil con mirada ausente.
Un reportaje de Guillermo Abril publicado en el diario "El País" el 22 de Julio de 2012 que muestra a través de la historia de un pequeño pueblo lo que le ha sucedido a un país entero: http://politica.elpais.com/politica/2012/07/20/actualidad/1342806881_123105.html
Calle de Plasenzuela