Juan Luis Díaz posa en la puerta de su negocio de compra de rebusco,
localizado en Villafranca de los Barros. El hombre relata cómo el 7 de
octubre se plantaron agentes de la Guardia Civil e inspectores de
Sanidad en su puesto. Más de 10.000 kilos le requisaron para "tirarlos a
los cochinos".
Los rebusqueros cuentan que, con esta práctica, pueden sacarse entre 30 y
40 euros al día en las casi cuatro semanas que dura el rebusco de uva y
a lo largo de los tres meses del de la aceituna.
Juan Viera, portavoz de la Asociación de la Defensa de lo Público, que
ha hecho bandera de este conflicto, insiste en que "no existe un
problema sanitario, ni de robos". "El ataque al rebusco responde a las
presiones de los grandes propietarios agrícolas, que quieren mano de
obra barata”. El representante del colectivo detalla esta tesis: los
dueños de las fincas impiden el rebusco; así que a los trabajadores, que
podían sacarse hasta 40 euros diarios con dicha práctica, solo les
queda aceptar el empleo que ofrecen los propietarios durante la época en
que no se cosecha; y, como los patronos no tienen ahora que superar la
cantidad anterior, pueden pagar salarios más bajos.

El año pasado, según las estimaciones de Asaja, se recogieron de esta
forma en la comarca 11 millones de kilos de uva de rebusco: "Cantidad
que se puso en el mercado sin controles sanitarios, poniendo en riesgo a
todo el sector. Porque si hay un problema después con el producto,
todos los agricultores de la zona sufrirán las consecuencias", denuncia
el colectivo.
Un grupo de rebuscadores, a principios de noviembre, recoge "escoria" de
la uva en una finca de Almendralejo para mostrar a EL PAÍS cómo se
están pudriendo los frutos que no pudieron recolectar. Estos jornaleros
acopian los pequeños racimos, con apenas una decena de frutos, que
desechan los propietarios.
Las uvas de rebusca recogidas por los jornaleros, en un viñedo cercano a la Carretera del Arroyo, en Almendralejo (Badajoz).
Juan Antonio Merino posa en la puerta de su chatarrería, en
Almendralejo, donde también compra el rebusco de uva y aceituna. A
principios de octubre, antes de que la Junta de Extremadura paralizara
esta práctica, este hombre pagaba a siete céntimos el kilo de uva y lo
revendía a nueve, según asegura.
Aurelio y Floril, dos rebusqueros rumanos, detallan cómo tiraron a una
parcela más de 1.000 kilos de uva que no pudieron vender al cerrar las
autoridades los puestos. En la imagen, muestran parte de la mercancía
que queda allí: "Gran parte se lo ha llevado la gente a casa para hacer
mosto".
Un grupo de rebusqueros de Almendralejo se reúne en El Ribereño, en el
puesto de compra de "chatarra, metales, uva y aceituna" de Juan Antonio
Merino, con camiseta negra de tirantes.
Aurelio, un rebusquero de origen rumano, prueba los frutos de un racimo
de uva. Pedro Naharro, alias 'El Rifa', con gorra roja, bromea con su
compañero.
"Cogemos solo lo que los dueños no quieren y ese dinero es un alivio
cuando no cobras nada", argumenta un grupo de rebusqueros. "Es dinero
que viene bien para lo básico, como pagar la luz", asevera 'El Rifa', el
mayor de seis hermanos, que aprendió de su padre todo lo que sabe del
campo.
"Es una decisión política". Cuatro palabras le bastan a José Martínez,
en la imagen, para resumir la parálisis del rebusco en Tierra de Barros.
De 56 años y vecino de Villafranca, responsabiliza directamente a la
Junta de Extremadura. “Como por ley no pueden impedirlo, han decidido
atacar a los compradores”, repite sin tapujos el hombre, casado y con
dos hijos, que con 10 años empezó a recolectar lo que los grandes
propietarios desechaban. Igual que hubiera hecho ahora: “Pero ahora me
quedo unos 20 días sin ingresos”.
Una bodega de vino de Tierra de Barros. Estas compran a los
intermediarios la uva de rebusco para, entre otros fines, producir vino.
A una de ellas, Sanidad le inmovilizó más de 90.000 litros durante la
operación desarrollada en octubre.
Fotografías de Julián Rojas para El País.
Enfrentados por las sobras
El campo ha envejecido el rostro de Luis Cárdenas a un ritmo mayor del
que marcan los 51 años de su carné. Su piel aparece tostada tras largas
peonadas bajo el sol. "He comido gracias a la tierra", sentencia este
buscavidas de la rural
Villafranca (Badajoz),
que recurrió siempre a la naturaleza para subsistir: ya sea de cazador
furtivo, de pescador de río o de bracero. Este año planeaba volver a
ejercer de rebusquero, como se llama en la comarca de Tierra de Barros a
quienes recogen las uvas y aceitunas que se desechan en la cosecha, las
que quedan en la planta y terminan pudriéndose; los restos que no
quieren los dueños y que los rebusqueros venden por calderilla. Como
venía haciendo Luis Cárdenas desde los ocho años. "Para seguir tirando".
Pero en esta región,
donde los sembrados se pierden en el horizonte,
el rebusco se ha frenado. Bajo el aplauso de muchos propietarios, la
Junta de Extremadura ha paralizado esta centenaria práctica reservada
históricamente, en la extensa España agrícola, a los más desfavorecidos,
a los que se quedaban sin labor entre campaña y campaña. Solo en el
municipio de Almendralejo, cerca de 1.000 familias no pueden ya recurrir
al rebusco, según la Asociación de Defensa de lo Público, colectivo que
exige que se reactive.
Una pelea de rebusqueros y propietarios que se reproduce en otras
regiones de tradición agrícola. En Andalucía, por ejemplo, la Junta
descarta regular esta práctica. Aunque allí se adoptaron otras medidas.
La subdelegación del Gobierno de Córdoba rechazó este año autorizar de
forma oficial la rebusca de la aceituna y la de Jaén retrasó el comienzo
de la misma hasta que acabara la recolección en todas las fincas.
Estas iniciativas nacieron después de que el conflicto se
recrudeciese en los últimos años, a raíz de una especie de
profesionalización de la práctica. Las asociaciones agrícolas denuncian
la entrada de nuevas personas que buscan el mayor beneficio sin mirar si
causan destrozos. Hay grupos que recorren cientos de kilómetros de
pueblo en pueblo para recoger los frutos desechados. Ya no son solo los
lugareños los que rebuscan. "Quieren llevarse el mayor volumen de
producto en el menor tiempo posible y algunos entran arrasando", relata
David, vecino de Almendralejo y dueño de más de 100 hectáreas de vid y
aceituna: "Yo me encontré a uno vareando un olivo con una barra de
hierro. No queremos que se prohíba el rebusco, pero a eso tampoco hay
derecho".
"Esto no es el rebusco de hace 20 años", añade Santiago Prieto,
directivo de Asaja (Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores) en la
comarca, que denuncia que el rebusco supone una competencia desleal. "Es
una práctica ilegal paralela a la cosecha". En 2013 se recogieron así
11 millones de kilos de uva en la zona, según las estimaciones del
colectivo, que exige una regulación.
Los rebusqueros de toda la vida se defienden. Pedro Naharro, alias
El Rifa,
tiene 63 años. Desde hace un mes echa en falta los entre 30 y 40 euros
al día que solía ganar durante los cuatro meses que puede durar el
rebusco de uva y aceituna. Ataviado con una gorra roja, chamarra oscura y
vaqueros, se mueve a toda velocidad entre las cepas de la Carretera del
Arroyo, en Almendralejo. En apenas unos segundos recoge un montoncito
de uva para enseñar la "escoria" de la vid: pequeños racimos con apenas
una decena de frutos que desechan los propietarios.
Habla deprisa este hombre, el mayor de seis hermanos, que aprendió de
su padre lo que sabe del campo. Empezó en el rebusco con 12 años. "Es
dinero que viene bien para lo básico, como pagar la luz", dice el
jornalero, con seis hijos, 14 nietos y un biznieto.
La pelea por el rebusco se reproduce en toda la extensa España agrícola
"Nosotros cogemos solo lo que los dueños no quieren y ese dinero es
un alivio cuando no cobras nada”, argumenta ante El Ribereño, de los
hermanos Merino Aguilar, uno de los casi 15 puestos de la comarca que
hasta hace casi dos meses adquirían esta mercancía y la revendían
después a productores de vino, vinagre o alcohol.
Juan Antonio, propietario de este depósito en cuya fachada se lee
"compra de chatarra, metales, uva y aceituna", cuenta que el 6 de
octubre se hicieron con los primeros sacos de uva de rebusco. Pagó siete
céntimos por kilo. Pero al día siguiente, dejó de comprar. Supo que
agentes de la Guardia Civil e inspectores de Sanidad se habían plantado
en instalaciones similares, les habían amenazado con sanciones por no
llevar un control sanitario y habían requisado la mercancía. Más de
10.000 kilos le quitaron a Juan Luis Díaz, otro comprador de rebusco,
para "tirarlos a los cochinos", resalta.
La crisis ha creado otro tipo de rebusquero: parados que se lanzan al
campo. La pequeña empresa de limpieza y productos químicos de Pilar
Rodríguez y su exmarido quebró en 2008. Encontraron entonces, en las
sobras de la cosecha, un alivio para afrontar las dificultades. "Hemos
vivido cinco años del rebusco", relata Pilar, de 45 años, en el salón de
su casa.
Separada desde hace poco más de 12 meses, con el agua y la luz
enganchada, y una orden de desahucio pendiente, esta madre tira a "duras
penas" con los trabajillos de costura que le salen y la ayuda de los
amigos. El año pasado ya no recurrió al rebusco: "Es una esclavitud y
los compradores pagan cada vez menos. Antes daban 20 céntimos por kilo.
Ahora siete". Este año, ni siquiera ha tenido la oportunidad de
barajarlo.
Un intermediario relata que la Guardia Civil le requisó 10.000 kilos de uva "para tirar a los cochinos"
La Junta, en manos del PP desde 2011, intentó regular esta práctica
alegal en 2013 con un borrador de decreto que quedó en nada al carecer
de competencias. Ahora ha optado por elaborar un protocolo que
"contemple toda actividad ilegal que existe en torno a este". Según los
perjudicados, la decisión responde a presiones de las asociaciones que
aglutinan a los propietarios agrícolas.
"Nadie se opone al rebusco, pero los intermediarios [los compradores
de la mercancía] deben cumplir exigencias sanitarias y de facturación",
recalca Jesús Barrios, director general de Agricultura de Extremadura.
La Junta ha paralizado el mercado al acabar con la actividad de los
intermediarios. A una bodega que compraba rebusco para hacer vino le
inmovilizaron 90.000 litros.
Aurelio y Floril, dos rebusqueros rumanos, conducen despacio por las
calles de Almendralejo. Dejan atrás las últimas viviendas y aparcan
junto a la parcela donde tiraron los 1.000 kilos de uva que no pudieron
vender al cerrar las autoridades los puestos. "Gran parte se lo ha
llevado la gente a casa para hacer mosto". En ese lugar, aún quedan unos
racimos de escoria en el suelo, unos 40 kilos, según dicen al llegar. Y
ahí continúan. Pudriéndose.
Reportaje escrito por J. Jiménez Gálvez y publicado el 4 diciembre 2014 en El País.
http://politica.elpais.com/politica/2014/11/07/actualidad/1415390579_396954.html