Mostrando entradas con la etiqueta Rumanía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rumanía. Mostrar todas las entradas

2 ene 2015

Los rebusqueros de la uva en Extremadura

 Juan Luis Díaz posa en la puerta de su negocio de compra de rebusco, localizado en Villafranca de los Barros. El hombre relata cómo el 7 de octubre se plantaron agentes de la Guardia Civil e inspectores de Sanidad en su puesto. Más de 10.000 kilos le requisaron para "tirarlos a los cochinos".
 Los rebusqueros cuentan que, con esta práctica, pueden sacarse entre 30 y 40 euros al día en las casi cuatro semanas que dura el rebusco de uva y a lo largo de los tres meses del de la aceituna.
 Juan Viera, portavoz de la Asociación de la Defensa de lo Público, que ha hecho bandera de este conflicto, insiste en que "no existe un problema sanitario, ni de robos". "El ataque al rebusco responde a las presiones de los grandes propietarios agrícolas, que quieren mano de obra barata”. El representante del colectivo detalla esta tesis: los dueños de las fincas impiden el rebusco; así que a los trabajadores, que podían sacarse hasta 40 euros diarios con dicha práctica, solo les queda aceptar el empleo que ofrecen los propietarios durante la época en que no se cosecha; y, como los patronos no tienen ahora que superar la cantidad anterior, pueden pagar salarios más bajos.
 El año pasado, según las estimaciones de Asaja, se recogieron de esta forma en la comarca 11 millones de kilos de uva de rebusco: "Cantidad que se puso en el mercado sin controles sanitarios, poniendo en riesgo a todo el sector. Porque si hay un problema después con el producto, todos los agricultores de la zona sufrirán las consecuencias", denuncia el colectivo.
Un grupo de rebuscadores, a principios de noviembre, recoge "escoria" de la uva en una finca de Almendralejo para mostrar a EL PAÍS cómo se están pudriendo los frutos que no pudieron recolectar. Estos jornaleros acopian los pequeños racimos, con apenas una decena de frutos, que desechan los propietarios.
Las uvas de rebusca recogidas por los jornaleros, en un viñedo cercano a la Carretera del Arroyo, en Almendralejo (Badajoz). 
 Juan Antonio Merino posa en la puerta de su chatarrería, en Almendralejo, donde también compra el rebusco de uva y aceituna. A principios de octubre, antes de que la Junta de Extremadura paralizara esta práctica, este hombre pagaba a siete céntimos el kilo de uva y lo revendía a nueve, según asegura.
 Aurelio y Floril, dos rebusqueros rumanos, detallan cómo tiraron a una parcela más de 1.000 kilos de uva que no pudieron vender al cerrar las autoridades los puestos. En la imagen, muestran parte de la mercancía que queda allí: "Gran parte se lo ha llevado la gente a casa para hacer mosto".
 Un grupo de rebusqueros de Almendralejo se reúne en El Ribereño, en el puesto de compra de "chatarra, metales, uva y aceituna" de Juan Antonio Merino, con camiseta negra de tirantes.
 Aurelio, un rebusquero de origen rumano, prueba los frutos de un racimo de uva. Pedro Naharro, alias 'El Rifa', con gorra roja, bromea con su compañero.
 "Cogemos solo lo que los dueños no quieren y ese dinero es un alivio cuando no cobras nada", argumenta un grupo de rebusqueros. "Es dinero que viene bien para lo básico, como pagar la luz", asevera 'El Rifa', el mayor de seis hermanos, que aprendió de su padre todo lo que sabe del campo.
 "Es una decisión política". Cuatro palabras le bastan a José Martínez, en la imagen, para resumir la parálisis del rebusco en Tierra de Barros. De 56 años y vecino de Villafranca, responsabiliza directamente a la Junta de Extremadura. “Como por ley no pueden impedirlo, han decidido atacar a los compradores”, repite sin tapujos el hombre, casado y con dos hijos, que con 10 años empezó a recolectar lo que los grandes propietarios desechaban. Igual que hubiera hecho ahora: “Pero ahora me quedo unos 20 días sin ingresos”.
 Una bodega de vino de Tierra de Barros. Estas compran a los intermediarios la uva de rebusco para, entre otros fines, producir vino. A una de ellas, Sanidad le inmovilizó más de 90.000 litros durante la operación desarrollada en octubre.

 Fotografías de Julián Rojas para El País.

Enfrentados por las sobras

El campo ha envejecido el rostro de Luis Cárdenas a un ritmo mayor del que marcan los 51 años de su carné. Su piel aparece tostada tras largas peonadas bajo el sol. "He comido gracias a la tierra", sentencia este buscavidas de la rural Villafranca (Badajoz), que recurrió siempre a la naturaleza para subsistir: ya sea de cazador furtivo, de pescador de río o de bracero. Este año planeaba volver a ejercer de rebusquero, como se llama en la comarca de Tierra de Barros a quienes recogen las uvas y aceitunas que se desechan en la cosecha, las que quedan en la planta y terminan pudriéndose; los restos que no quieren los dueños y que los rebusqueros venden por calderilla. Como venía haciendo Luis Cárdenas desde los ocho años. "Para seguir tirando".
Pero en esta región, donde los sembrados se pierden en el horizonte, el rebusco se ha frenado. Bajo el aplauso de muchos propietarios, la Junta de Extremadura ha paralizado esta centenaria práctica reservada históricamente, en la extensa España agrícola, a los más desfavorecidos, a los que se quedaban sin labor entre campaña y campaña. Solo en el municipio de Almendralejo, cerca de 1.000 familias no pueden ya recurrir al rebusco, según la Asociación de Defensa de lo Público, colectivo que exige que se reactive.
Una pelea de rebusqueros y propietarios que se reproduce en otras regiones de tradición agrícola. En Andalucía, por ejemplo, la Junta descarta regular esta práctica. Aunque allí se adoptaron otras medidas. La subdelegación del Gobierno de Córdoba rechazó este año autorizar de forma oficial la rebusca de la aceituna y la de Jaén retrasó el comienzo de la misma hasta que acabara la recolección en todas las fincas.
Estas iniciativas nacieron después de que el conflicto se recrudeciese en los últimos años, a raíz de una especie de profesionalización de la práctica. Las asociaciones agrícolas denuncian la entrada de nuevas personas que buscan el mayor beneficio sin mirar si causan destrozos. Hay grupos que recorren cientos de kilómetros de pueblo en pueblo para recoger los frutos desechados. Ya no son solo los lugareños los que rebuscan. "Quieren llevarse el mayor volumen de producto en el menor tiempo posible y algunos entran arrasando", relata David, vecino de Almendralejo y dueño de más de 100 hectáreas de vid y aceituna: "Yo me encontré a uno vareando un olivo con una barra de hierro. No queremos que se prohíba el rebusco, pero a eso tampoco hay derecho".
"Esto no es el rebusco de hace 20 años", añade Santiago Prieto, directivo de Asaja (Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores) en la comarca, que denuncia que el rebusco supone una competencia desleal. "Es una práctica ilegal paralela a la cosecha". En 2013 se recogieron así 11 millones de kilos de uva en la zona, según las estimaciones del colectivo, que exige una regulación.
Los rebusqueros de toda la vida se defienden. Pedro Naharro, alias El Rifa, tiene 63 años. Desde hace un mes echa en falta los entre 30 y 40 euros al día que solía ganar durante los cuatro meses que puede durar el rebusco de uva y aceituna. Ataviado con una gorra roja, chamarra oscura y vaqueros, se mueve a toda velocidad entre las cepas de la Carretera del Arroyo, en Almendralejo. En apenas unos segundos recoge un montoncito de uva para enseñar la "escoria" de la vid: pequeños racimos con apenas una decena de frutos que desechan los propietarios.
Habla deprisa este hombre, el mayor de seis hermanos, que aprendió de su padre lo que sabe del campo. Empezó en el rebusco con 12 años. "Es dinero que viene bien para lo básico, como pagar la luz", dice el jornalero, con seis hijos, 14 nietos y un biznieto.
La pelea por el rebusco se reproduce en toda la extensa España agrícola
"Nosotros cogemos solo lo que los dueños no quieren y ese dinero es un alivio cuando no cobras nada”, argumenta ante El Ribereño, de los hermanos Merino Aguilar, uno de los casi 15 puestos de la comarca que hasta hace casi dos meses adquirían esta mercancía y la revendían después a productores de vino, vinagre o alcohol.
Juan Antonio, propietario de este depósito en cuya fachada se lee "compra de chatarra, metales, uva y aceituna", cuenta que el 6 de octubre se hicieron con los primeros sacos de uva de rebusco. Pagó siete céntimos por kilo. Pero al día siguiente, dejó de comprar. Supo que agentes de la Guardia Civil e inspectores de Sanidad se habían plantado en instalaciones similares, les habían amenazado con sanciones por no llevar un control sanitario y habían requisado la mercancía. Más de 10.000 kilos le quitaron a Juan Luis Díaz, otro comprador de rebusco, para "tirarlos a los cochinos", resalta.
La crisis ha creado otro tipo de rebusquero: parados que se lanzan al campo. La pequeña empresa de limpieza y productos químicos de Pilar Rodríguez y su exmarido quebró en 2008. Encontraron entonces, en las sobras de la cosecha, un alivio para afrontar las dificultades. "Hemos vivido cinco años del rebusco", relata Pilar, de 45 años, en el salón de su casa.
Separada desde hace poco más de 12 meses, con el agua y la luz enganchada, y una orden de desahucio pendiente, esta madre tira a "duras penas" con los trabajillos de costura que le salen y la ayuda de los amigos. El año pasado ya no recurrió al rebusco: "Es una esclavitud y los compradores pagan cada vez menos. Antes daban 20 céntimos por kilo. Ahora siete". Este año, ni siquiera ha tenido la oportunidad de barajarlo.
Un intermediario relata que la Guardia Civil le requisó 10.000 kilos de uva "para tirar a los cochinos"
La Junta, en manos del PP desde 2011, intentó regular esta práctica alegal en 2013 con un borrador de decreto que quedó en nada al carecer de competencias. Ahora ha optado por elaborar un protocolo que "contemple toda actividad ilegal que existe en torno a este". Según los perjudicados, la decisión responde a presiones de las asociaciones que aglutinan a los propietarios agrícolas.
"Nadie se opone al rebusco, pero los intermediarios [los compradores de la mercancía] deben cumplir exigencias sanitarias y de facturación", recalca Jesús Barrios, director general de Agricultura de Extremadura. La Junta ha paralizado el mercado al acabar con la actividad de los intermediarios. A una bodega que compraba rebusco para hacer vino le inmovilizaron 90.000 litros.
Aurelio y Floril, dos rebusqueros rumanos, conducen despacio por las calles de Almendralejo. Dejan atrás las últimas viviendas y aparcan junto a la parcela donde tiraron los 1.000 kilos de uva que no pudieron vender al cerrar las autoridades los puestos. "Gran parte se lo ha llevado la gente a casa para hacer mosto". En ese lugar, aún quedan unos racimos de escoria en el suelo, unos 40 kilos, según dicen al llegar. Y ahí continúan. Pudriéndose.

Reportaje escrito por J. Jiménez Gálvez y publicado el 4 diciembre 2014 en El País.

http://politica.elpais.com/politica/2014/11/07/actualidad/1415390579_396954.html

22 jun 2013

Pride and Concrete (Mândrie și Beton)


Cajvana, Bucovina.
Romuli, BistriTa. Timoce Ana and Stufoi Nastasia, picking corn.
Ilva Mica, Bistrita.
Moiseni, Tara Oasului.
Cajvana, Bucovina.
Boinesti, Tara Oasului.
Bixad, Tara Oasului. Funeral en el futuro jardín.
Moiseni, Tara Oasului.
Bixad, Tara Oasului.
Trabajando en París.
Los planos de la casa.
La construcción. Cajvana, Bucovina.
Tarsolt, Tara Oasului.
Certeze, Tara Oasului. 
Cajvana, Bucovina.
Certeze, Maramures.
Moiseni, Tara Oasului.
Cajvana, Bucovina.
El baile de la boda entre "ladrillo visto". Tarsolt, Tara Oasului.
 
 Aunque lo parezca en algunas fotos no es Galicia (feísmo), son pueblos del norte de Rumanía donde el dinero de la población emigrada esta haciendo estragos en cuanto a arquitectura kitsch y aberraciones visuales en el medio rural.
El proyecto "Pride and Concrete" en rumano "Mândrie și Beton” es un trabajo fotográfico y de documentación que vienen desarrollando desde 2010 la pareja formada por Petrut Calinescu y Ioana Hodoiu. El dinero de los emigrados de zonas rurales de Rumanía convertido en mamotretos de hormigón al más puro "rural kitsch". Os aconsejamos visitar también la web y ver más fotos en Facebook. Orgullo y Cemento... mucho cemento.

http://mandriesibeton.ro/ 
http://prideandconcrete.com
Entrevista en Vice UK a Petrut Calinescu

Texto sobre el proyecto en inglés extraído de la web:

PRIDE AND CONCRETE
The success story of those gone to work abroad

One in six Romanians has gone abroad to work. Most of them come from rural areas and the money sent back home has irreversibly transformed their native villages. Unlike in the city, where even competition is experienced and perceived individually and behind closed doors, changes are highly more visible in villages, where the main street is open stage to social competition.

Despite the fact that they have been supporting Romania’s economy for the last 20 years, the people back home use a pejorative term for those who have left: strawberry pickers.

„Pride and Concrete” is a project about the recent transformations occurring in traditional villages, especially the ones in Țara Oasului and Maramures, following the massive migration abroad, in search of work. Nevertheless, it’s a project especially about the people behind these transformations.

***

During the year, some villages in Romania are deserted. No sounds of the cattle returning home, no sounds of hens or of horses’ hooves. The OST of the traditional Romanian villages seems to have turned overnight in muffled noises of concrete mixers, while the village elders have turned into site inspectors.

The first to go abroad in search of work were the inhabitants of the village of Certeze. Seasonal migrants within the country before ’89, the revolution found these people experienced in the harsh and austere life of those who are virtually never home, always on the road, with a little money set aside, and organized in closely-knit and mobile communities, prepared to explore the European job market.

Renowned for their work abilities and for their endurance under difficult conditions, these people were used during the Communist regime for the hard work within the country. Hard work, but well-paid. Therefore, the massive land clearings made in order to extend the agricultural surface of the country was done mainly using people from Oas, and the money they earned before ’89 was put into houses. As Romania hit the lowest poverty limit in an extreme plan to pay the country’s external debts, the villages of Oas were prospering and the old, traditional houses were “growing” a first floor.

After the fall of Communism, when the Romanian centralised production system collapsed and the work opportunities within the country vanished, the people of Oas were the first to force the border in search of work. Using paid guides, through forests, hanging under train wagons, in airless vans, hunted by the border police, these people marked the beginning of the Romanian workforce migration with frostbite, hunger, expatriation and an exceptional determination to succeed abroad and show to those remaining in the country that, just like in the olden days, it is still them who have made it.

Only in a few years, due to the newly-opened “doors”, a huge percent of the active population of Țara Oasului got through. After several attempts in finding their place in various European countries, most of them regrouped at the beginning of the ‘90s in Paris, France. They slept wherever they could, mostly under the blue sky, they lived in abandoned houses, they boiled the water so they could drink it and they sought survival options in a country whose language was unknown to them, in a country where they were looked upon with suspicion, where nobody would give them work and where nobody would take them on as lodgers.

Resourceful and adaptable to any situation, in a short time, these people found the solution that brought them the first money earned in France: they happily embraced the temporary legal statute of « the socially excluded» (SDF – without a fixed residence and without a work permit) offered by the French state and they monopolized the distribution of «street newspapers», a journal especially conceived for such people, who cannot otherwise earn their living. They quickly built the most efficient and crafty newspaper distribution network, succeeding in making masked beggary an amazingly prosper business. In the ‘90s, they made at least 50 Euros / day, money which they sent to Romania.

“The golden rule: you never eat all you make. If today you make 50 Euros, you put 40 aside” Cotros from Certeze resumes the philosophy of his people. Certeze is the richest village in Romania and it has become a model of success. Gradually, other villages have followed its example.

In the first ten years, while their children were growing up alone, they worked themselves out hundreds of km away from home, under the harshest conditions, until they managed to impose themselves on the French job market. They lived in abandoned houses or improvised barracks in the forests on the outskirts of Paris, they saved every euro earned and they sent money back home in order to build huge houses as a sign of their success abroad.

Today, 20 years later, these people have made it in France. Most men work in constructions and most women do the housekeeping. They’ve brought their children over and their grandchildren were born in France. They all have legal papers and most of them even have their own construction firms through which they help integrate others (latecomers) in the job market. Most of them pay rent and are gathered in the same communities as back home. There are entire apartment buildings on the outskirts of Paris which are mostly inhabited by people from Oas. Even today there are those who still sell street newspapers or live in the forest, but only because they left later or are trying, by any means necessary, to save money and thus make up for lost time.

Silently and with the same determination that got them to make it abroad, these people are building the new world in their native villages. Gilded in stainless steel and buried in concrete, the new world is engulfing, without anyone to witness this, the wooden houses and the last elders left back home.

In Paris, the people of Oas continue to observe the Romanian customs. They live in their own communities, most of them don’t speak the language, although they’ve been there for over 15 years, they eat sarmale, they drink moonshine and each day dream of returning home. Between the first generation, who fought hard to make a living in France, and their children, who speak French fluently and are perfectly integrated in French society, a bigger and bigger gap appears. The first generation dream of returning home, while the latter dream of breaking “the curse of the concrete” which forces them, according to tradition, to invest their hard-earned money in multi-floored houses in their native villages.

These big houses prevent both generations from fulfilling their dreams. Those who dream of returning home are forced to work far away from them in order to maintain them, those who dream of making a life in Paris are forced to invest all their money in finishing these houses. And, in many cases, this can last a lifetime.

Maramuresul, Moldova and Bucovina also have their success stories which are an example for the surrounding communities. The old, traditional houses have become storage space for construction materials for the villas to be built, luxurious cars swarm the village alleys which have turned scanty in August, when the migrants return home to spend their holidays in their country.